La modista o la talla

Recuerdo cuando era pequeña acompañar a mi madre a la modista.. Antes de ir quedaba con ella y, cuando llegaba hablaban. Cada visita a la modista era diferente a la anterior. El primer día hablaban. Le preguntaba a ver qué se quería hacer, si sabía cómo lo quería o si quería que le enseñase ideas. Lo siguiente eran las telas. Yo adoraba esos gordos catálogos de telas llenos de cuadraditos con las muestras. Algunas veces tenía suerte, y me regalaban los catálogos viejos. Pasaba largos ratos en casa ojeando las muestras, escogiendo sin intención de hacer nada. Pero volvamos a la modista. La modista aconsejaba a mi madre sobre la tela que mejor podría adaptarse a lo que ella quería. No podía emplear el mismo tipo de tela para hacer una blusa que para hacer un vestido, unos pantalones o un abrigo. Cada tela tenía sus características, su caída, su sensación. Mi madre la oís, miraba los estampados y, en base a eso, escogía la tela que mejor le parecía (sin olvidarnos del precio, claro está). A veces, ese primer día le tomaba las medidas, otras veces lo dejaban para la siguiente visita.

La modista nunca le preguntó a mi madre qué talla usaba, ni la intentó encasillar en una 38, una 42 ni una 46, que va. La modista cogía su metro y tomaba medidas: espalda, pecho, bajo pecho, caderas, largo, cintura. Todas las medidas eran importantes para ella. Si las medidas estaban mal tomadas, probablemente tendría que deshacer su trabajo y volver a empezar, era importante hacerlo bien.

Cuando a la modista le llegaba la tela se ponía manos a la obra. Cortaba e hilvanaba, pero no hacía la pieza, primero tenía que probárselo a mi madre. Mi madre iba y se ponía esas telas que aún estaban a medio coser. La modista ajustaba en donde sobraba y sacaba de donde faltaba. A veces por la propia tela y otras porque mi madre había subido o bajado de peso, o porque el día de la prueba estaba inflada, sin más. El caso es que la modista trataba de que la ropa le quedara a mi madre como una segunda piel. En esta prueba también aprovechaban para ver si a mi madre la convencía lo que había escogido, porque ya sabemos que no es lo mismo pensarlo que verlo puesto. Por esta razón, a veces, tenían que cambiar el cuello, o las mangas, o el largo, para que mi madre se sintiera totalmente a gusto con lo que la estaban haciendo.

Hoy en día no hace falta perder tanto tiempo para comprar ropa… o eso creemos. Pero ese es otro tema ;) Hoy, vas a una tienda y lo primero que te preguntan es a ver qué talla quieres, cosa que no siempre sabemos porque muchas veces usamos distinta talla en unas tiendas que en otras. Sin embargo, no todos los cuerpos son iguales. Dos mujeres pueden usar una 42 y, en cambio, una tener unas caderas muy anchas en tanto que la otra lo que tiene anchos son los muslos y posee cintura de avispa. Cuando la dependiente les saque la 42 a las dos les valdrá pero ¿estarán a gusto con la misma ropa? La ropa se ha estandarizado hasta tal punto que tenemos que pasar horas y horas hasta encontrar algo que realmente nos siente bien. Con el tiempo le vamos encontrando el truquillo y sabemos a dónde ir y qué comprar, pero esto hace que la enorme variedad que parece que hay en el mercado desaparezca y que solo podamos elegir entre unos pocos modelos para que nos siente, más o menos, como nosotr@s queremos. Después de recordar cómo mi madre iba a la modista me pongo a pensar, ¿no era mucho más lógica su forma de actuar? Sé lo que estáis pensando, sale muy caro ir a la modista… ¿seguro? Ya sé que estamos en crisis, ya sé que ahora hay ropa en las tiendas por dos duros (no me voy a meter ahora con la ética de esa ropa). ¿Os habéis parado a pensar cuánta ropa tenemos en nuestros armarios? Puede que la mayor parte de sea “barata”, quizás. Pero si sumásemos lo que nos ha costado nos asustaríamos de la cifra que sale.

¿Necesitamos toda esa ropa?

Ahora, os propongo un ejercicio. Ponte delante de tu armario y saca de él la ropa que hace más de un año que no te pones. ¿Demasiado fuerte? Vale, hagámoslo más fácil. Saca la ropa que no te pongas hace más de dos años. ¿Hace más de cinco años? Duele. Nuestras intenciones son muy buenas cuando guardamos esa ropa “por si la necesitamos”, “por si se vuelve a llevar”, “por si adelgazo”. El resultado es horrible. Supongamos que, en el mejor de los casos, adelgaces esos kilitos que hace tiempo que quieres perder. Ahora piensa. ¿Vas a buscar ropa vieja en el armario o vas a salir corriendo a comprarte algo nuevo? jeje.

Con todo esto, lo que quiero decir es que gastamos demasiado dinero en ropa que no necesitamos y que solo sirve para ocupar espacio en nuestros armario (que levante el dedo quien no haya tenido algo sin estrenar en su armario durante mesessss). Tenemos que aprender a diferenciar los “trapitos de temporada” de la ropa con la que nos sentimos a gusto y que usamos a lo largo del año. Es en esta ropa donde tenemos que invertir. Donde no tenemos que dejarnos acomplejar por un número (talla) que le han dado la marcas para clasificarnos. Cada persona es única, no tenemos cuerpos idénticos. Entonces, ¿por qué nos empeñamos en encajar en una 36, una 42 o una 48?, ¿acaso no es más lógico hacer lo que hacía mi madre?, ¡Quiero ir a la modista!

Sé que esto es complicado. Hace 20-30 años era de lo más normal. Había muchas mujeres que se dedicaban a ello. Hoy en día sigue habiendo tiendas en las que te hacen trajes a medida, “sastrerías”, pero en el caso de las mujeres nos hemos dejado enamorar por las marcas y, salvo excepciones, las únicas tiendas que hacen algo a medidas son las de novias… que te retocan los vestidos. :( ¿Dónde está la modista? "Haberlas haylas", pero las pocas que quedan se dedican a hacer arreglos o a impartir talleres de costura. En fin… que me enrollo.

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